El 6 de diciembre del año 1.985 tuvo lugar la inscripción de la Ciudad Vieja de Ávila y sus Iglesias Extramuros en la lista de Patrimonio Mundial desde la concepción acendrada de que Ávila constituye un ejemplo eminente de ciudad fortificada de la Edad Media que ha conservado íntegramente su recinto amurallado y de su densidad de monumentos civiles y religiosos intramuros y extramuros que la señala como un conjunto urbano de valor excepcional.
Por otra parte, desde dicha inscripción, se ha ido mejorando la protección otorgada a la ciudad y sus Monumentos por la legislación nacional. Por ello, desde 1985 se han ido delimitando los Bienes de Interés Cultural estableciendo una zona alrededor de muchos de los Monumentos incluidos en la ciudad vieja en la que las medidas de protección aplicables son idénticas a la del Monumento en sí. Dado el dilatado lapso de tiempo desde el momento de la inscripción de Ávila hasta la actualidad, dichas delimitaciones de bienes han sido numerosas.
En este marco debemos aludir a la sensibilidad como fundamento para actuar en la ciudad reivindicando la presencia estética como instrumento básico de enfrentarse a esta difícil tarea de actuar sobre los entornos monumentales conscientes de que la lógica conformación de una metodología se enfrenta a la complejidad que se deriva de nuestro legado cultural.
Pero no debemos quedarnos ahí en cualquier método mínimamente consciente de los valores que portan los Bienes ya que el elemento estético forma parte del cuerpo esencial de la acción en el Patrimonio pero de modo plural. Esto es, sensibilidad de amplio espectro, sensibilidad en reconocer la importancia del legado cultural, sensibilidad a la hora de actuar, en el respeto a los valores preexistentes y en el reconocimiento de nuevas aportaciones culturales. Porque, cada vez más, a los fundamentos estéticos se han ido añadiendo otros valores de componente humanístico.
Los Bienes Culturales, como concepto, llevan aparejados en su definición el ser portadores de significados y constituirse en referentes culturales de la acción del hombre y en instrumentos determinante de afirmación de la conciencia de identidad de los pueblos en su territorio. Y en este sentido, la relevancia del conocimiento, la investigación, conservación, y la difusión de los patrimonios histórico-culturales en toda su riqueza y variedad.
La visión más extensa del Monumento, que aportó la Carta de Venecia reconoce la significación del objeto, su lectura como estratificación y el paisaje urbano como marco donde se sitúa e inicia una manera más sensible de mirar, comprender y tratar los Bienes Culturales en su contexto.
El compromiso de armonización ambiental, se hace extensible al compromiso de utilización de la nueva arquitectura. Cada época será reconocible por los acontecimientos propios, pues de no ser así, se produciría entre nosotros y el pasado una fractura insalvable. Esta mirada implicará no despreciar los acontecimientos del pasado, a la vez que reconocer las aportaciones del presente.
Este mayor vínculo entre conocimiento y acción formal, significa que la mirada urbanística no puede estar limitada a las características topológicas del espacio, sino que ha de ser también necesariamente de condición antropológica. Con ello referimos cómo la figuración de estos lugares son inseparables hoy de los mitos y sitios… de cada sociedad local.
Frente a la ruptura, reclamamos una mayor continuidad de las formas urbanas, pero cuyo espacio ha de hacerse también como narración de su transformación. Con ello no apostamos por la congelación perpetua de la ciudad, que tiene que estar abierta a la vida y transformación coherente sin perjuicio de la necesidad ineludible de considerar y evaluar las trazas históricas y el grado de continuidad con el tejido histórico circundante. Hablamos, en suma, de la integración entre morfología urbana y tipologías edificatorias del nuevo conjunto.
Ello significa, en lugares marcadamente patrimoniales o con una densa escenografía cultural como Ávila, apostar por intervenciones muy fundadas y coherentes con la cultura del lugar, dándole protagonismo a los valores preexistentes, pero no con unas perspectivas de recreación nostálgica del pasado, sino para avanzar, a partir de ellos, en las vetas de la proyectualidad contemporánea.
Este aspecto de la modernidad en realidad constituyen el proceso de la tradición. Son inseparables, ambas son hijas de la tradición, es decir, del tiempo en su doble ritmo: cambio y repetición.
El Ayuntamiento de Ávila es consciente de su condición de Ciudad Patrimonio Mundial y no cabe regir los destinos de lo que ello conlleva por meras razones estéticas o, más bien, de gustos si se consigue atemperar presente y pasado, tradición y progreso, estética y respeto a los entornos, legalidad e interés general. De ahí la constante preocupación de la entidad municipal por poner en valor y recuperar su patrimonio, aún cuando ello resulte excesivamente costoso y sea fruto de un esfuerzo sin igual.
Ávila mantiene su fisonomía y traza medieval, conserva la monumentalidad de sus palacios y casas solariegas, retiene su magia patrimonial que la convierten en referente inexcusable de nuestro turismo.
Pero no se pierde en el túnel del tiempo o en la noche del pasado y sabe adaptarse, sin truncar un ápice de su esencia y encanto a la evolución progresiva de la arquitectura, movida por las conquistas tecnológicas y las modulaciones sociales y económicas de la época.
Ávila sigue siendo esa ciudad impregnada de lirismo que rebosa patrimonialidad, historia, leyenda y arte en cada una de sus calles y edificios y que se mantiene a la vanguardia de la conservación de su patrimonio, tratando de conjugar las necesidades de todos para transformar la ciudad sin cambiarla.
En tal sentido, la realización y coordinación de esfuerzos para cooperar en la protección del patrimonio se hace más necesaria que nunca para consolidar a Ávila como un espacio singular, bello, preservado como legado a transmitir a las generaciones venideras, del que sentirnos privilegiados los abulenses y orgullosos de mostrar a quienes nos visitan.
Por todo ello proclamamos:
Las declaración del 2.010 como “Año del Patrimonio Mundial” en Ávila.
Nuestro compromiso de disponer actos con participación ciudadana que ensalcen nuestro legado cultural y patrimonial sin perjuicio de que toda actividad cultural tenga como referencia dicha declaración.
La promoción de la marca “Ávila Única”que aúne los símbolos de Patrimonio Mundial y la alegoría a la ciudad como un lugar de valor excepcional universal, es decir, un sitio único.
La necesidad de consolidar el programa Patrimonitos desde la conciencia del valor trascendental de la educación a los más jóvenes en valores patrimoniales como futuros responsables de la gestión del patrimonio del que hoy somos meros depositarios.
Nuestro orgullo y renovado compromiso con la protección, conservación y difusión de nuestro patrimonio mundial.
Una invitación a los ciudadanos para que participen de esta trascendental conmemoración pues son ellos los beneficiarios de cuanto a Ávila, como ciudad Patrimonio Mundial concierne.